Paralelamente con Monterroso
Cuando despertó, su existencia se había ido. Se encontró con sangre y oscuridad. Con hálitos de vida diluyéndose en el ambiente. Con una puerta cerrada con el candado del destino, con su suerte, la pedraza y la propia razón hecha pedazos.
Cuando despertó, los relojes ya no marcaban horas, minutos ni segundos, estaban detenidos como su respiración. No existían. Y la sangre estaba por todo el lugar, manchando hasta las uñas del cadáver urbano aquél, terminado por el dinosaurio, compañero de irrealidades, que simplemente ya no estaba. También se había ido…
Cuando despertó, ya no se veía. Se encontró con jamelgos e hidalgos, con acéfalos sonrientes, psicotrópicos y pseudo ángeles con alas azules. Con la figura de su padre convertida en una bebida alcohólica… También con Baudelaire dictando charlas podridas, la Mistral enojada por sus manuscritos descubiertos y Nietzsche tratando de correr a los ángeles con migas de pan envenenadas.
Cuando despertó, el dinosaurio y su vida habían muerto. Y ni Monterroso podía ayudarlo. Buscó en sus ropajes la explicación, mas sólo sus sienes penetradas pudieron indicarle su fin eterno.
Sebastián Medina, segundo lugar

No hay comentarios:
Publicar un comentario