
EPÍLOGO
Pía Verdugo, primer lugar
Solías llenar de risas cada rincón de la casa. Entonces, podíamos pasarnos tardes completas hablando de tus películas favoritas, mientras yo me dedicaba a criticarlas sólo para provocarte un enojo pasajero.
Luego dormíamos juntos por horas eternas. Debo confesar que esperaba con ansias los primeros rayos delatores del comienzo de la mañana para verte así, soñando, con los ojos suavemente cerrados y con las mejillas cruzadas por el rubor típico de los niños.
Ahora estás pálida, casi translúcida.
Todavía falta un poco para despedirme de ti. Mientras tanto, recuerdo que más de una vez comentaste tu rechazo hacia la ropa oscura, porque preferías los colores que te parecían alegres y que sabías lucir en tu figura de bailarina de cajita musical. Así quería mantenerte para siempre en la memoria, pero esta terrible tarde te vistieron de negro por completo. Eso siento, es como si te hubiesen obligado a usar ese tono deprimente. Me da rabia. Me dan ganas de decirles a todos que te pongan el vestido verde agua que tanto te gustaba.
Sé que no estás en paz, como en nuestros despertares. No creo que estés en calma. Tus familiares, resignados, te sostienen camino a la tumba.
La tierra ya fue cavada; va bajando el ataúd. Y parece que fue ayer cuando quise explicarte que había una fuga de gas en la cocina, pero se me olvidó comentártelo. De hecho, ¿fue ayer? Ya voy perdiendo la noción del tiempo.
Esto quisiera decirte: no fue tu culpa, no lo sabías. Quisiste sorprenderme con un nuevo plato que aprendiste a hacer al horno. Saliste a comprar algo que te faltaba en la verdulería de la esquina y dejaste tu regalo calentándose. Yo dormía.
Para cuando volviste, el gas ya había hecho su fatídico efecto, y nunca más desperté.
Ahora me lanzas una rosa. Ya nada será igual. Olvidaste que odio las flores (eso sí que no te lo perdono).
Gracias a todos aquellos que participaron enviando sus cuentos

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